Diseño de Tamara Villoslada

Antón Mallick quiere ser feliz

Antón Mallick, un joven agente de seguros, está de baja laboral y emocionalmente hundido. Cuando una misteriosa mujer le dice que va a tener un hijo suyo sufre un ataque de pánico que le impide reconocerla. Pero Antón no quiere ser una víctima. No quiere ser el clásico llorón contemporáneo. Ese mismo día inicia un diario dirigido a un antepasado suyo, húngaro y optimista, autor de unas memorias. El objetivo: salir del pozo. Ser feliz. Para lograrlo, leerá libros de autoayuda y ensayos de filósofos y escritores, desde Epicuro a Montaigne o Pessoa. Regresará al trabajo. Volverá a viajar. Y buscará a esa mujer. Sus amigos, sus fantasmas y su peculiar familia le acompañaran durante sus peripecias, en una carrera contrarreloj en busca de un ideal escurridizo: la felicidad.

Ficha técnica

Antón Mallick quiere ser feliz

Nicolás Casariego

352 páginas

Precio: 19,00 €

ISBN: 978-84-233-4262-4

Rústica con solapas

Formato: 13,3 x 23,0

ANCORA & DELFIN

A la venta 18-may-10

Los fantasmas de Antón Mallick

Antepasados (con mención especial a Vidor Mallick)

La familia de mi madre es de Salamanca y de Santander. Más allá de eso, sé poco. A los abuelos no los conocí, y de los bisabuelos me han contado alguna anécdota de ésas que no comprendes cómo ha podido pasar de boca en boca. Gente proverbialmente mediocre, quizá honrada, poco imaginativa, tenaz, ahorradora, de fuertes mandíbulas y ojos pequeños. No creo que asimilaran la idea del paisaje, o de la fotografía, hasta mediado el siglo veinte. Son fantasmas que no me visitan, aunque andarán por ahí, incordiando, o buscando a alguien a quien incordiar, olvidados. Da cierto vértigo pensar en ellos. En cuanto a la familia de mi padre, fueron siervos durante siglos, no me cabe duda. Vidas oscuras, más cerca de la de un cerdo que de la imagen que nos hacemos de la vida humana. El salto a la primera línea, al escenario con focos, la batalla contra el olvido para poseer un nombre que recuerde alguien más allá de un área minúscula alrededor de una aldea hedionda, la libraste tú, Vidor. Eso te convierte en una especie de mago, en el padre que vuelve de un largo viaje en Navidad, cargado de regalos, promesas e historias extravagantes. Eso sí, los focos alumbran al actor principal y dejan a oscuras a los secundarios (tu mujer, casi todos los demás antepasados por parte de mi padre). Tú, Vidor, has sido el primer y único fantasma al que he acudido, de un modo, por otra parte, egoísta, para desahogarme. Poco a poco me has ido decepcionando. Que tu nombre signifique “feliz” me parece, hoy, un chiste macabro. Ya no te necesito. Después de ti, los Mallick españoles estudiaron, acapararon tierras, ganaron dinero, lo perdieron, y tuvieron la desfachatez de pensar que alguien les había elegido o seleccionado o designado para algo, además de para esparcir su semilla y morir solos. Se salva, naturalmente, mi tío Juan, del que ya me ocuparé.

Luis (Luisito) Mallick

Mi hermano pequeño. Si no hubiera muerto, yo no sería ahora el pequeño, con lo que eso implica (él careció, incluso, del tiempo necesario para apoderarse de la figura familiar del benjamín, o para llamarse “Luis”, en lugar de “Luisito”). Creo que me acuerdo de él, aunque puede que sean recuerdos inducidos a partir de fotografías o de lo poco que me han contado. Era rubio, con ojos verdes, más bien guapo, algo enclenque. Murió en un accidente, en la piscina de la casa de mis padres. Tropezó, se golpeó la cabeza con el bordillo, y adiós. Cuando cayó al agua ya no era Luisito. Según mi hermana, cuando murió, mamá dejó su cuarto cerrado con llave, exactamente cómo estaba. Tenía dos años. Yo, tres y pico. Al parecer, cuando ocurrió, yo estaba jugando con él, aunque no me acuerdo. Quizá su muerte, aunque no lo comprenda, fue el principal motivo por el que mis padres se marcharon a los Estados Unidos con Zoltan y nos dejaron a Bela y mí en Madrid, al cuidado de mi tío Juan. En Estados Unidos hay varias fotos de él, siempre sonriente, dan mucha grima y un poco de miedo, como si fuera un niño muerto y al mismo tiempo inmortal. De pequeño utilizaba la historia de la muerte de mi hermano para dar pena a los mayores y a mis compañeros de colegio. También fantaseaba con que estuviera vivo, con que fuera mi mejor amigo. Un día dejé de hacerlo.

Juan Mallick

Ya te he hablado de él, Vidor. Un hombre entero, de los que hay pocos, aunque existen. Es de esa gente que nos demuestra que los valores, bien comprendidos y asimilados, aplicados a personas y situaciones concretas con flexibilidad, ayudan, junto al carácter, a completar hombres buenos. Juan Mallick vivió relativamente de acuerdo con el mundo hasta que su mujer, María, y el hijo que esperaban, murieron en el parto (se iba a llamar Juan, como él, nada húngaro, curiosamente). Después, se perdió entre libros, leyes, mapas de Hungría, rutinas y misteriosas ensoñaciones. Pero llegamos Bela y yo, y quiero creer que de un modo extraño, tanteando, como un ciego sin experiencia, casi avergonzado, tío Juan se atrevió a redescubrir el mundo. Le debemos tanto, fue tan generoso, que su mejor regalo consistió en lograr que no lo sintiéramos como una deuda. No lo tengo idealizado. Sólo fue una persona. Aprendió a ocultar la bestia con la que todos nos vemos obligados a convivir. Era un hombre misterioso. Necesitaba estar solo, enfrentarse a sus propios fantasmas sin compañía. Despreciaba a mi padre, aunque nunca habló mal de él. Mi madre le atraía, como únicamente pueden atraer esos globos llenos de gas que sólo saben elevarse, escapar, y que a veces se quedan enredados entre las ramas de un árbol. Le vi morir. Sólo pasó miedo en los últimos instantes. En su caso, sí, es cierto, lo juro. El alma abandonó su cuerpo por la boca, aprovechando el último suspiro.

Lajos Mallick

Te incluyo, padre, aunque estés vivo. A ti no me da miedo reducirte, ser injusto contigo. Siempre hemos jugado al escondite, aunque ya seamos niños viejos. Eres cobarde y amargado, dos defectos que no soporto. Aunque, si tuviera que elegir una palabra para definirte, sería “idiota”, un idiota con el cerebro lleno de datos, dueño de un saber convencional, árido, polvoriento, estéril. Nos abandonaste, y la excusa de que te ofrecieron un puesto de trabajo magnífico me sigue pareciendo una broma de mal gusto. No me creo mejor que tú. Tampoco peor. Tú me enseñaste que no todos los padres quieren a sus hijos y yo aprendí, tras grandes esfuerzos y demasiadas decepciones, que siempre te iba a querer, a mi modo. Cuando mueras, seguirás en mi lista. Padre, se nos acabó el tiempo. Hace tanto. Tanto.

¿¿¿??? Mallick, mi hijo

Hasta hace no mucho has sido un fantasma muy molesto, desestabilizador. Por un momento, temí que fueras a llamarte Dragosi, pero eso ya pasó. Dentro de un mes serás un bebé gritón y aparentemente débil, mi hijo. Veremos.

Bibliografía de Antón Mallick

Al – Ghazâlî (1058-1111). Carta al discípulo.

Alain (1868-1951). Sobre la felicidad (1928).

Anónimo. Bhagavad Gita (Canto del señor), Mahabharata (s. III-VI a.C.?).

Boecio (ca. Roma 475- Pavía 524). La consolación de la Filosofía (524 d.C.).

Cioran, Michel Émile (1911-1995). El aciago demiurgo (1969).

Descartes, René (1596-1650). Las pasiones del alma (1649).

Dyer, Wayne W. Tus zonas erróneas (1978).

Epicuro (Gargeta, adC 341 – Ática, 270 a.d.C). Máximas para una vida feliz.

Kierkegaard, Sören (1813-1855). Diapsalmata (1843).

Lao Tse (VI a.C?). Tao Te King (Libro de la Suprema Virtud).

Leibniz, G. W (1646-1716). Compendio de la controversia de la Teodicea (1710).

Leopardi, Giacomo (Recanati, 1798 – Nápoles, 1837). Pensamientos.

Lichtemberg, Georg Christoph (1741-1799). Aforismos (1764-1799)

Mallick, Vidor (Pest, 1810 - Madrid,¿ ). Confesiones de un español que una vez fue húngaro.

Marco Aurelio (Roma, 121 – Vindobona, 180). Enseñanzas para una vida moral.

Montaigne, Michel Eyq (1533-1592). Ensayos I (1595).

Nietzsche, Friedrich (1844-1900). La genealogía de la moral (1887).

Pessoa, Fernando (1888-1935). Libro del desasosiego (1913-35)

Rousseau, Jean Jaques (1712-1778). Emilio, o De la educación (1762).

Russell, Bertrand (1872-1970). La conquista de la felicidad (1930).

Santayana, George (1863-1952). La vida de la razón o fases del progreso humano (1954).

Séneca (4 a.C.-65 d.C). Sobre la felicidad. (s. I d.C.)

Sun Tzu (¿). El arte de la guerra.

Swâmi Râmdas (1886-¿?). Pensamientos.

V.A. (André Compte-Sponville, Jean Delumeau, Arlette Farge). La historia más bella de la felicidad (2004).

Voltaire, François-Marie Arouet (1694-1778). Cándido o el optimismo (1759).

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En su búsqueda, Antón leerá libros de autoayuda y ensayos de filósofos y escritores, desde Epicuro a Montaigne o Pessoa. Así descubrirá diferentes puntos de vista sobre la felicidad. ¿Cuál es tu visión de la felicidad?
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